Devilman Crybaby. ¿Por qué debes verlo?

Netflix acaba de lanzar en Enero de este año uno de los animes más increíbles que haya visto en mi vida hasta ahora.

Desde niño fui fan de Mazinger Z por casi las mismas razones que los seguidores de mi generación. Ese fue mi inicio con Go Nagai. Sin embargo, ya de adulto conocí a Devilman por ver la película de Devilman Vs. Mazinger Z en una expo de manga y cómics. El personaje me llamó la atención porque me pareció entonces como una especie de Batman japonés.

Fue entonces, y gracias a la información posteada en internet, que conocí más acerca del personaje que Go Nagai había creado también. Me parecía interesante que el creador de Mazinger hubiera creado a ese personaje demoníaco y que parecía no tener nada que ver con la energía fotónica de Mazinger.

CuanDevilman_manga_coverdo leí el manga en línea, la historia me llamó mucho la atención y busqué más. Vi el anime, las OVAS, leí las otras versiones del manga y leí Maou Dante (que es el prototipo inicial de Mazinger y Devilman en cierta manera, ya que fue creado un año antes que los otros dos, en 1971).

Sin embargo, el anime que muchos conocieron en Japón durante los años 70’s dista mucho de la historia original del manga, debido a que el anime salió justo al momento que el manga iniciaba; y la visión de Nagai para el personaje era mucho más violenta y oscura que cualquiera que hubiera sido escrita y dibujada entonces.

Devilman comenzó a publicarse en Japón en 1972, y les doy un breve resumen de la historia original del manga.  Quizás es momento de hacer la anotación, pero Devilman en general y sobre todo Crybaby; no es apta para todo público. Les recomiendo que la vean con una mente abierta, y especialmente para aquellos que creen que el anime son solo cosas pervertidas sin sentido o dibujitos para niños, se llevarán una sorpresa no del todo agradable si van con esa mentalidad a verla.

Akira Fudo es Devilman, un hombre que tenía un corazón puro y que obtuvo un cuerpo y poderes de un demonio infernal conocido como Amon, quien a su vez era el demonio más poderoso del mundo de los demonios. ¿Pero por qué? Entra Ryo Asuka, el mejor amigo de Akira.  Ryo recibió de su padre, el Dr. Asuka un arqueólogo famoso, un misterioso objeto conocido como la máscara del demonio.  La máscara causó que el Dr. Asuka fuera poseído por un demonio y trató de matar a Ryo luego de asesinar brutalmente a las mascotas de éste. Para evitar matar a su hijo, prefirió suicidarse. Ryo está convencido de la existencia de los demonios y le dice a Akira que es la única persona en la que puede confiar. Y para poder derrotar a los demonios, es necesario convertirse en uno.

Akira y Ryo van a una versión moderna del Sabbat, que hoy en día sería una fiesta desenfrenada con drogas, sexo y música estridente. Ryo lleva las cosas al siguiente nivel iniciando una masacre, lo que desencadena además en violencia extrema. Es así, como los demonios poseen a los humanos, ya que reducen su psique solamente a instintos básicos. Entonces, Amon trata de poseer a Akira, pero la voluntad de éste lo domina y Akira conserva su alma, pero el cuerpo y las habilidades de Amon se quedan. Entonces deja de ser humano, pero no es completamente un demonio. Se convierte en un Devilman.

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A partir de aquí Devilman se convierte en lo que llamaríamos un antihéroe, ya que al ser parte demonio, Akira cambia su personalidad completamente de lo que era. Se vuelve más violento, de alguna manera más malvado, ya que es dominado por sus instintos, y no 100% por su moral como los humanos. Busca pelear para satisfacer sus necesidades, sin importarle lo que piensen los demás.

Pero uno de los factores claves para que Akira mantenga su corazón humano es su apego a la familia Makimura, con quien vive; especialmente su cariño por Miki Makimura, la hija mayor. Los Makimura lo acogieron luego de que sus padres murieran en una investigación arqueológica, y lo han tratado como si fuera su propio hijo. Miki es como una hermana para él y una gran amiga, ya que son de la misma edad. Sin embargo, es obvio que Akira siente un gran cariño hacia ella y al parecer es recíproco.

Gracias a este apego a su humanidad, Akira decide utilizar sus poderes de demonio para proteger a los humanos de otros demonios.

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Poco a poco, los demonios a los que Devilman enfrenta causan que Akira vaya sufriendo más de manera mental. Cada vez que se transforma, sus instintos básicos aumentan, llevándolo a perder el control. Cada vez los demonios utilizan trucos más sucios para tratar de obligarlo a dejar su humanidad de lado y que se vuelva un demonio completo. Quisiera no dar spoilers de cada pelea, ya que sería un texto muy largo y es preferible que el lector pudiera disfrutar a su manera cada uno de los enfrentamientos de Devilman en todas sus versiones. Sin embargo, el spoiler que viene es importante para entender el significado más profundo de la trama de Devilman y puede que para los que no conocen, no les guste mucho saber más.

Si no quisieras saber más detalles, entonces te pido que dejes de leer este artículo y vayas a ver Devilman Crybaby en Netflix, ya que tocaré temas del final de la trama y puede que no te guste. Gracias por leer y cuando hayas visto la serie, por favor, vuelve para compartir tu opinión.

Spoiler después de la imagen.

Devilman_vs_siren

Pues bien. En todas las versiones de Devilman canónicas, resulta que Ryo es Satán, el arcángel que luchó contra Dios y fue desterrado del cielo. Pero en Devilman, Satán llega a la Tierra prehistórica, y ve que los demonios eran la raza dominante. La Tierra era literalmente el infierno, ya que los demonios luchaban sin cesar por la supervivencia, y la ley del más fuerte era la norma de este mundo. Para poder sobrevivir, los demonios adquirieron la habilidad de fusionarse con otras criaturas y entre ellos mismos. Si lo vemos desde un punto de vista más científico, es la teoría de Darwin en acción. Adaptarse o morir; o en este caso adaptarse o ser devorado. A Satán le gustaban las mentes simples, pero puras de los demonios, y decidió aliarse con ellos. Pero Dios no lo vio de la misma manera y prefirió exterminarlos. Satán peleó contra Dios por este motivo y decidió esperar una mejor oportunidad, encerrándose en hielo en los Himalayas junto con un ejército de demonios. Cuando Satán despertó nuevamente, el hombre era quien dominaba el planeta, y esto le pareció abominable. Como parte de su plan, decidió poseer a un humano, Ryo Asuka; y olvidar que fue un arcángel. De esta manera, se mezcló con los humanos, pero conoció a Akira Fudo en algún momento y se volvió su mejor amigo (Nota: en el manga original, no se explica exactamente cuando se conocieron ni como fueron las infancias de Akira ni de Ryo, en Crybaby se explica un poco al final). Sin embargo, Satán en su forma de Ryo, creó sentimientos de amor por Akira, ya que en su forma original angelical es hermafrodita. Como parte del plan para destruir a la humanidad y a la vez quedarse con Akira, decidió que era mejor fusionarlo con Amon, el demonio más poderoso; para que Akira pudiera sobrevivir el Armaggedón. Esa es su manera de amar.

Con lo que no contaba era que el amor de Akira correspondía a Miki Makimura, y esto le causó celos. Buscó que Miki muriera, pensando que Akira iría con él en cuánto su rival ya no estuviera viva. Sin embargo no fue así. La muerte de Miki fue un detonante para que Akira lo odiara más que a nada en el mundo y deseara matarlo.

Al final, se desata la guerra entre Satán y sus demonios, contra Devilman y otros seres similares a él, humanos poseídos por demonios, pero que fueron capaces de controlarlos y quedarse con el cuerpo y las habilidades del demonio.

Al final, vemos a Satán y a Akira en un pequeño islote, rodeados únicamente por el mar y viendo el cielo estrellado. Satán habla con Akira, pero cuando la escena avanza; vemos que Akira está muerto, con su cuerpo cortado por la mitad. Satán llora por que ha perdido a su ser amado y no se había dado cuenta de ello. Llora, porque ha perdido su razón de vivir y porque el fin de la tierra se acerca al ver el ejército de ángeles bajando desde el cielo.

Este es el final canónico de Devilman.

Al hacer retrospectiva, la historia es más bien una tragedia desde el inicio. Akira no es un héroe como al que estamos acostumbrados. Él sigue sus instintos, pero lo que lo mantiene a raya es su amor por Miki.

Desde el inicio, sabemos que no es una historia bonita con un final feliz. Todo lo que es Devilman se puede resumir en una frase famosa que pongo en inglés:

He who fights with monsters should be careful lest he thereby become a monster.

And if thou gaze long into an abyss, the abyss will also gaze into thee

Así es, debes tener cuidado de no convertirte en monstruo.

Crybaby_Poster

A título personal, si algo me dejó todo esto de Devilman es que si hay algo peor que un demonio, es el ser humano. Realmente no son los demonios los que acaban con el mundo, sino los mismos seres humanos; quienes, en su histeria colectiva por defenderse los demonios, empiezan a matar a los demás por el simple hecho de que creen que los demás son demonios disfrazados de humano. Las guerras se desatan, el Apocalipsis se vuelve una realidad.

Esto es una lección de historia, ya que el ser humano puede llegar a ser el peor demonio en la faz de la tierra, capaz de cometer los actos más atroces que uno pueda pensar.

Los demonios matan a los humanos para comérselos, pero el humano mata a sus semejantes por causas más egoístas e inclusive inverosímiles. Racismo, miedo, terrorismo, todo lo malo que hay con la humanidad se ve reflejado en los seres humanos que viven en el mundo de Devilman.

Cuando se descubre que hay demonios con piel humana, el miedo se apodera de todos y empiezan una cacería de brujas que termina con millones de inocentes que no tenían que morir así. Todo por miedo.

Devilman Crybaby es una de las mejores adaptaciones de la franquicia hasta el momento.

He de confesar que al inicio y en algunos momentos más adelante de la serie, la animación no me parecía de lo mejor. Pero el estilo del dibujo, el uso de los colores oscuros para el ambiente y los personajes, encajan muy bien con la historia y con las situaciones que se presentan al espectador para exponer la crueldad de la situación.

Crybaby es sin duda un acierto que no solamente nos entrega un anime excelente, sino también una banda sonora increíble y que permite sumergirte en la historia. En lo personal, mi tema favorito es el cierre de los créditos, que se escucha de fondo en la pelea final entre Akira y Satán, haciendo que la batalla de verdad sea épica y a la vez le da una especie de solemnidad al llevarla a proporciones prácticamente bíblicas.

Les dejo un link para que puedan escuchar la canción que menciono en YouTube.

D.V.M.N – Devilman Crybaby OST

Simplemente, es uno de esos animes de los cuáles espero que los fans estén hablando por varios años en el futuro, no solamente por la animación, sino por los temas que toca. Hay de todo, y sobre todo muchos temas considerados tabú; no solamente para el anime, sino para cualquier programa de televisión que usted pueda pensar. Sexo, violencia, maldad, engaño, tragedia y demás están presentes en Devilman Crybaby. Desde el inicio sabemos que no va a ser una historia bonita con un final feliz. Aunque haya algunos elementos un poco ambiguos para el espectador al inicio o durante algunos capítulos, todo será resuelto en el capítulo final.

En verdad, no puedo dejar de recomendarles esta serie, que da inicio a un año que celebra los 50 años como mangaka de Go Nagai y sirve de preludio para la esperada película de Mazinger Z Infinity. Honestamente, si de ésta serie de Devilman no esperaba la gran cosa y me acabó sorprendiendo; espero que la película de Mazinger Z no nos decepcione a fans que crecimos con él.

Mantengan una mentalidad abierta, ya que Devilman; como mencioné más arriba, no es una serie para niños. Es de esos animes seinen (dirigidos a un público adulto) que pondrá a prueba tu criterio y que al final te puede dejar pensando en lo malo que estés haciendo en tu vida, y sobre todo a apreciar a aquellos que han estado junto a ti durante toda tu vida. Es quizás, otro de los mensajes que nos deja al final.

Espero que les haya interesado y ojalá puedan compartir su opinión, ya sea por este medio, o en las cuentas de Twitter y Facebook de @GamersMexico y @squallgallardo

Saludos.

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2017 se va, se va, se va, se fue…

Otro año que se va, pero para mí fue un año de cambios drásticos, algunas sorpresas y mucho, mucho movimiento.

Volver a la ciudad luego de 3 años y poco más fuera, viviendo en provincia; no fue fácil volverme a adaptar tan rápido. El movimiento, el metro, el gentío, la inseguridad constante, el tráfico, etc.

Lo extrañé, no voy a mentir. Pero esperaba adaptarme más rápido.

Mi trabajo que tuve llegando lo perdí en julio. Gracias a una mala planeación de las cabezas y la poca comunicación que había hacia abajo. Fue interesante, de verdad, pero la calidad de la gente de esa empresa vaya que dejó mucho que desear. Habiendo salido de una empresa con gente excelente y que considero actualmente como mi familia chiapaneca; me decepcionó ver como algunos extranjeros y otros mexicanos no son responsables ni quieren aceptar las consecuencias de sus errores a pesar de que los hacen a muy altos niveles. En fin, fue una experiencia de la que también saqué buenos amigos y compañeros de trabajo, pero que terminó por mala organización de los altos mandos.

Luego, también un factor que jugó en eso fue mi operación de emergencia. No tuve apoyo de la empresa, por lo que para ellos fue más fácil dejarme ir que apoyarme en mi recuperación. Bastante triste, pero en fin.

Lo bueno del año, fueron los amigos, varias memorias y algunos momentos especiales que me dejaron compartir con ellos y con sus familias. Algunos  momentos tristes, como el deceso de los padres de unas amigas queridas, pero que me hicieron sentirme agradecido de que hoy todavía puedo ver a mi madre y a mi padre sanos y con vida. Cada discusión, cada regaño, cada comida, cada vez que dicen “ya llegué” después del trabajo, para mi me hacen sonreír y dar gracias que puedo verlos y escucharlos luego de 3 años de no hacerlo. Son esos pequeños detalles los que hacen que la vida sea algo especial y hermoso.

Amigos que me apoyaron cuando lo necesité, que me tendieron la mano en mis momentos difíciles, me di cuenta que tengo varios amigos con quienes puedo contar, y a cada uno de ellos quiero darles las gracias por ese detalle, que aunque no lo crean; me hizo sentirme agradecido con la vida de que nuestros caminos se hayan cruzado.

2017 fue un año difícil para mi y para mi familia. Hubo altos y bajos más pronunciados que en otros años, pero fue un buen año.

A días que éste año termine, quiero dar gracias a todos y cada uno de mis conocidos, y a ti; que lees mi blog aunque escriba tonterías que quizás no te interesen, pero aún así las lees.

Gracias por estar aquí, y gracias por permitirme seguir aquí. Espero actualizar este blog más a menudo (siempre hago esa promesa, pero por varios motivos, no siempre puedo cumplirla), y poder compartir más vivencias con la gente que se toma unos minutos para leer estas líneas.

¡2018, aquí vamos con todo!

Pequeño update

Pues, estos meses han sido un poco complicados desde mediados de año.

Me enfermé, me internaron y me tuvieron que operar de urgencia, cuando la realidad es que mi idea era cuidar a mi papá cuya operación fue 2 semanas luego de la mía.

Al menos pude cuidarlo un poco y todo salió bien :).

Después de eso, me quedé sin trabajo. Me tocó recorte de personal. (Comentario adicional para los que están en los ERP’s…. Oracle apesta…. y feo. Venden baratas sus soluciones, pero todo está tan parchado que no vale la pena, al final les saldrá más caro a sus empresas, créanme. Consultores baratos que necesitan mucho más tiempo para conocer la herramienta y desarrollos sin terminar o que requieren builds nuevos todo el tiempo es lo que caracteriza a esta “herramienta”).

Estuve un tiempo buscando trabajo, y afortunadamente encontré uno más o menos. Estoy en esta empresa ahora. Pero justo antes de entrar, el temblor del 19 de septiembre ocurrió, así que mi entrada se atrasó un poco, pero ya estoy trabajando en este momento.

Aún así, las consecuencias del sismo tuvieron un efecto un poco desagradable en las instalaciones y ahora la empresa es un poco caótica debido a los trabajos que se están haciendo de restauración de las instalaciones.

En fin.

Muchas cosas han pasado, pero al menos agradezco estar con mi familia en estos momentos.

Espero seguir escribiendo más a menudo.

La historia de Feldon. La búsqueda del amor perdido. Basado en el mundo de Magic The Gathering

Vale mucho la pena leer esto si dominan el inglés. 

La historia de Feldon, un hombre que perdió a la mujer que amaba y su búsqueda por reencontrarse con ella, aprendiendo los secretos de los distintos colores del maná que se usan en Magic.

Una historia que nos lleva por todas las etapas del duelo por las que vive el ser humano, hasta llegar a la aceptación, descrito de una manera hermosa que al final nos hace sentir muy bien consigo mismo.

LORAN’S SMILE

Posted in Arcana on October 27, 2014

By Jeff Grubb

This short story originally ran in The Colors of Magic anthology published in 1999. It retells portions of the story of Antiquities, including the story of Feldon, who received his own legendary creature card in Commander (2014 Edition), previewed today in an article by Ethan Fleischer and Ian Duke. Ethan took a great deal of Feldon’s design from this very story, so we thought we’d share it with you all.

Enjoy!


Loran died ten years after the devastation—after Urza and Mishra destroyed most of the world with their war, after the tumultuous explosion that eliminated Argoth and altered the rest of the world forever.

Loran died in part because of that devastation. She did not die in battle, for she was not a warrior. Nor did she die in a duel of magical forces, for though her lover Feldon had mastered the study of magic, she found she could not. She did not die of intrigue, or of passion, or of some fatal flaw.

She died in bed, weakened by wounds suffered over a decade previous—wounds inflicted by Ashnod the Uncaring, Mishra’s assistant. She was weakened by the lengthening winters and the cold mountain air, weakened by her own great age, weakened, and eventually defeated, by the world that the brothers, Urza and Mishra, had created.

At first she just winded easily when in the garden or cooking, and Feldon would put aside his own work to help. Then she had trouble working in the garden at all, and Feldon did the best he could, under her direction, to substitute for her.

Later she could not work around the house, and Feldon brought in servants from the nearby town to aid. When she could not get out of bed, Feldon sat beside her and read to her, told her stories of his own youth, and listened to hers. After a time he had to feed her as well.

At length she died in bed in her sleep, Feldon sitting beside her, asleep as well from his long guardianship. When he awoke her flesh was cold and pale, and the breath had long-since left her body.

He commanded the servants to dig a grave behind the house, among the now weed-choked garden that Loran had begun with Feldon’s grudging, grumbling aid shortly after they first arrived. She had kept it going through several seasons by sheer force of will, but when she took ill that last, final time, she had to surrender the garden to the weeds and the cold rains.

It was raining when they laid her to rest, wrapped in her bed sheets and sealed within a coffin of thick oak planks. Feldon and the servants uttered a few prayers, then the old mage watched as the servants methodically piled the dirt atop the lid. Feldon’s tears were lost in the rain.

For days afterward Feldon stayed by the fire, and the servants brought him his meals, much as they had brought Loran hers. Feldon’s library and workshop stood empty for the nonce, the books closed, the forges cold, the various reagents and solutions settling quietly in their glass jars. He stared into the fire and sighed.

Feldon remembered: the touch of Loran’s hand, the Argivian lilt to her voice, and her thick, dark hair. Most of all, he thought of the smile that she gave. It was a slightly sad, slightly knowing smile. It was a soft smile, and it warmed Feldon whenever he saw it.

Now, Feldon was a practitioner of the Third Path, the way that was neither Urza nor Mishra, charting a new course between the two warring brothers and their technological miracles. He could pull from his mind great magics, fueled by the memories of his mountain home, and work wonders with them. He could cause fire to appear or the land itself to shift or summon the strokes of a lightning storm and bend them to his will.

Yet he could not heal Loran’s body or dying spirit. He could not keep the life within her. His magics had failed him and had failed his love.

The old man sighed and raised a hand toward the fire. He unlocked a part of his brain that held the memories of the mountains around them. He pulled the energies from those lands, as he learned to do in Terisia City with Drafna, Hurkyl, the archimandrite, and the other mages of the Ivory Towers. He concentrated, and the flames writhed as they rose from the logs, twisting upon themselves until they finally formed a soft smile.

Loran’s smile. It was the most that he could do.

For five days and five nights Feldon sat by the fire, and for a brief time the servants wondered if they would soon have to tend the master as they had tended the mistress. Indeed, Feldon was never fully healthy himself, overweight and walking only with the aid of a silver cane he had rescued from the heart of a glacier. His dark beard was now streaked with silver, and the corners of his eyes drooped from grief and age. The servants wondered if he would ever rise from the fireside again.

On the sixth day, Feldon retreated from the hearth to his workshop. Soon afterwards a short note appeared for the servants—a list of items that they were to procure as soon as possible. The list called for thin sheets of copper, iron rivets, cords made of various spun metals, brass gears if they could get them, steel otherwise, glass blown into a variety of shapes (with illustrations and dimensions). And there was a letter to be delivered to a place far to the south and west.

For the next two months the workshop clattered. Feldon brought the forge to life, and the small anvil rang with ear-splitting blows. Fire was within the domain of mountain magics, and Feldon was its master. He could cause it to heat a precise location with the exact amount of heat needed merely by ordering it to do so. Such was the nature of the old mage’s magic.

The wire arrived, and the gears (iron, not brass), sheets of copper, and some of bronze. The glass was sub-standard, and Feldon had to resort to teaching himself how to blow it to form the shapes he needed. More wire arrived, this new amount spun with horsehair to form thick, long cords like braids of human hair.

At the end of two months, Feldon looked at his work and shook his head. The joints were stiff, and the arms jutted in the wrong directions. The head was too large, and the hair looked like what it was: a collection of wire and horsehair. The eyes were little more than badly-crafted glass spheres. It was too tall at the shoulders and too large in the hips.

The creation looked nothing like Loran. Only around the mouth, where there was the ghost of a smile, came the hint of a memory.

Feldon shook his head, and thick tears gathered at the corners of his eyes. He took a sledge and knocked the automaton to pieces.

And he began again.

He pored over Loran’s journals in the library. She had studied with Urza himself and knew something of artifice. He restrung the wires and ligatures through the arms and legs, building first miniature models, then full-fledged mock-ups before proceeding to the final version. He worked in animal bone and wood as well as metal and stone. His glasswork became better, so he could provide a glass eye for an old woman in the village that matched her good one. Slowly he built the automaton in the shape of Loran, sculpting her out of myriad materials.

After six months she was finished. The statue missed only the heart. Feldon waited patiently for that organ to appear. He spent his days in the workshop, polishing, testing, and rebuilding the automaton. When he first met Loran, she had use of both arms. Later she lost the use of one of them, crippled by Ashnod. He went back and forth, removing and replacing the arm. Finally he restored the statue to its complete state.

A month later a package arrived from a place far to the south and west, from a scholar whom Loran and Feldon had known when they were at Terisia City, at the Ivory Towers. The package contained a small chip of a crystal, glowing softly—a powerstone, the heart of artifice. There were fewer and fewer stones of this type in the years since the devastation, but this was one.

The package contained a note as well, signed by Drafna, master of the School of Lat-Nam. It said simply, “I understand.”

Feldon held the powerstone and noticed that his fingers were trembling. Cradling the crystal in both hands, he went to the automaton, standing guard in the center of the workshop. He had placed the bracket for the crystal where the heart would be in a living woman. Feldon set the crystal within its framework, and closed the compartment door. He reached behind the automaton’s left ear and touched a small switch.

The automaton jerked to life like a puppet whose strings had suddenly been pulled. Its head shook then cocked slightly to one side. One leg tensed, the other relaxed. One shoulder dipped slightly.

Feldon nodded and raised a hand, pointing to the far side of the room. The automaton in the shape of Loran walked gingerly, like a woman finding her land legs after a long sea voyage. By the time she had reached the end of the workshop she was walking normally. She reached the opposite side, turned, and walked back.

She smiled, hidden wires rippling the lips over ivory teeth. The smile was perfect.

Feldon smiled back, the first time he had truly smiled since Loran had left him.

Every day the automaton stood patiently in his workshop. He talked to it but had to point to command it. For the first month it was enough.

But it was silent, save for the high-pitched whirring of gears and wire spooling and unspooling. At first Feldon thought he could live with it, but after the first month it became an irritant. After the second it was insufferable. The silence, its metallic lips crafted into that perfect smile, was more than he could bear. It seemed to mock him, to taunt him.

He asked it questions, then reprimanded himself for he knew it could not answer. The Loran he had built was a creature of copper skin and geared muscles. It was not the woman he had loved.

At last he reached behind her ear and touched the small toggle, deactivating her. She stiffened as the power left her, though the smile remained on her lips. He removed the powerstone from her heart, set the stone on the shelf, and placed the inactive automaton in the garden standing guard over Loran’s grave. Within a week the steel gears had rusted solid, locking it forever in its stance, its glass eyes seeing but not recording the world around it.

In the week that followed Feldon returned to the fireside, staring into the flickering flames as if they held some secret. At the end of the week, under a cold rain, he departed, leaving his servants to keep up the house in his absence. He left the town in a small wagon, heading eastwards into the lands most affected by the devastation of the Brothers’ War.

As he traveled, he asked questions. Did anyone know of mages, of spellcasters, of individuals with wondrous power? Before the destruction of the Ivory Towers, there had been many who had explored the paths of magic, but they had been scattered when Terisia City had fallen. Surely some survived, somewhere.

He asked merchants and mendicants, farmers and priests. Some looked at him as if he were mad, and some were frightened, terrified that he was seeking to bring back the powers that created the devastation in the first place. But enough understood what he was looking for, and of those a few knew of this wise man or that shaman who walked the Third Path. In time he heard of the Hedge Wizard, and he turned his wagon to the east.

He found the Hedge Wizard near the wreckage that had been Sarinth, one of the great cities that had resisted Mishra and was destroyed for its sin. Most of the great forests of that land had been later lumbered and its mountains stripped to feed the war machines of the brothers’ battles. Now it was a barren landscape, its soil runneled and ravined by eternal rain. What forests that survived were overrun by a tangle of briars and young trees.

In one of those briar-choked shambles Feldon found a hermit. The man had defended his patch of ground from Mishra’s armies, and the strain had nearly broken both his mind and his spirit. He was a hunched figure, bent nearly double with age, with a drooling grin and a cackling laugh.

Feldon approached him with open hands, showing he was weaponless. The hermit had heard of the Council of Mages at Terisia City and had known of Feldon’s name among them. He laughed and capered and allowed Feldon to come within his forest, to study the hermit’s magics.

Feldon offered to teach the hermit his own spells in return, but the hunched madman would have nothing to do with the mountains or their power. Instead, he taught Feldon of the woods, and they crossed and re-crossed his small domain, which he had so laboriously held against all invaders. Over the course of the next month Feldon felt he knew the land as well as the old hermit. They spoke of many things—of plants, of trees, and of the seasons. The hermit felt the world was getting colder beyond his borders, and Feldon agreed. It seemed to him that the glaciers of his home were swelling slightly with every passing year.

Finally, they spoke of magic. Feldon showed his power, summoning images from the flames of birds, mythical dragons, and, finally, a simple, knowing smile. When Feldon had finished, the hermit cackled and nodded.

The madman stood, arms folded in front of him. Feldon started to say something, but the hermit held up a hand to quiet him. For a moment there was silence in the forest.

Then there was a noise, or rather, a sensation, a rumble that pounded through the ground and into Feldon’s bones. The ground quaked beneath his feet, and the campfire collapsed in on itself from the shuddering ground. Feldon cried out despite himself, but the hermit did not move.

Then the wurm appeared. It was a great, ancient creature, as large as one of Mishra’s dragon engines of old. Its scales were golden and green, and it had baleful, red eyes that glimmered in the dark. It loomed above them for an instant, and was gone. A wall of scales surged past them—the wurm’s elongated body hurtling before them. After a long time, the wurm’s whiplike tail spun out, smashing the trees like a line pulled from a runaway wagon.

The ground stopped shaking. The old hermit turned and bowed deeply. Feldon returned the bow and understood how the ancient mage had kept this patch of forest for all these years.

Carefully, Feldon outlined his problem: He had lost someone dear to him, and his own magics lacked the power to restore her. Did the power of the hermit hold more?

The old hermit rocked back on his heels and grinned.

“Is this one who is dear still alive?” he asked.

Feldon shook his head, and the hermit’s grin faded. He, too, shook his head.

“I can only summon the living—that is the power of the growing briar. But perhaps I can send you to someone who might have the power you seek.”

Feldon left the hermit’s forest the next morning, heading north.

Ronom Lake bordered the lands of Sarinth, and the lake had faired as badly as the land. Where once there were expanses of white beach now only leprous gray moss flourished, and the lake itself was little more than wide expanses of stagnant, oily water broken by pungent algae blooms in greasy shades of green and red. Feldon guided his small wagon along the perimeter of the lake. The hermit said he would recognize the signs when he reached the domain of the sorceress who ruled part of the shore.

Indeed he did. The gray moss began to fade and at last retreated fully, leaving only a cascade of white sand as pure as any Feldon had seen. It was broken at the shore by a thin line of rounded black stones, themselves smoothed by the rolling surf. Feldon took a deep breath and smelled the fresh spray, without a tinge of musty fog.

He found her at the foot of a crystalline waterfall, in a small pavilion that seemed to be spun from golden threads. She was taller than he, dressed in a shimmering robe that looked like a translucent rainbow. She granted him an audience as muscular servants brought a simple meal of cheese and dried apples. The provender seemed insufficient for such opulent surroundings, but Feldon said nothing and accepted the sorceress’s hospitality.

She asked him his quest, and he told her: He sought to regain a love that had been lost. She nodded, and a tight smile appeared on her face.

“Such matters have a price,” she said.

Feldon bowed his head and asked her to name the price.

“Stories,” she said. “You must tell me the stories of Loran, so I may better grant your wish.”

Slowly, Feldon began to tell the tale. He recounted what he knew of Loran from her own tales and her journals—of her life in the far east, in the distant land of Argive, of her early life with the brothers, and how she eventually rejected their war to seek another path. He spoke of how she came to Terisia City and joined a band of scholars looking for that path—scholars that included Feldon.

He stumbled a few times, but the sorceress said nothing. He told of how the two met, how they studied together, and how they had fallen in love. He explained how they had separated when Mishra attacked their city and what had happened to Loran at Ashnod’s hands. She seemed to heal slowly in their time together before spiraling downward into her eventual death.

As he spoke, he halted fewer times, and his mind was alive with her memory. He recalled her black hair, her lithe figure, her touch, and her smile—always that knowing smile.

He spoke of how she had died, and what he had done afterward. He recounted his construction of the automaton and his trip to the hermit and now his visit to her.

As he spoke, he forgot the sorceress was there. Loran was alive for him.

At last he came to the end of the tale and looked at the enchantress. Her face was impassive, but a single tear trickled down her cheek.

“I rule in the sea and sky,” she said, “much as you rule in the mountains, and the hermit the growing vegetation. You have paid my price with a story. Now let me see what I can do.”

She shut her eyes, and for a moment, it seemed that outside the golden pavilion the sun passed behind a cloud. Then it brightened again, and Loran stood before Feldon.

She was young again, and whole, her black hair shimmering like a dark waterfall. She smiled that knowing, secretive smile she always had for him. Feldon rose and reached out to embrace her.

His hands passed through her like smoke.

The relief in his heart was replaced with fire, and he turned toward the sorceress. She had risen from her divan now and held up her hands as if to ward off a blow.

“She isn’t real,” cried Feldon, spitting out the words.

“I rule in the blue,” said the sorceress, “and blue is the stuff of air and water, of mind and imagination. I cannot bring back that which is gone, only create its image. If you want her truly back, you must seek another.”

“Who is this other?” asked Feldon, and the sorceress hesitated.

Again, Feldon asked, “Who is this other?”

The sorceress looked at him with cold crystalline eyes.

“There is a swamp farther north. He who lives there rules in the black. He can bring back what you seek. But be warned”—and here her voice softened—”his price is higher than mine.”

And another tear appeared on the sorceress’s cheek.

Feldon bowed, and the enchantress offered him her hand, which the old man kissed. While the sorceress’s flesh appeared young and supple, to Feldon’s lips it felt leathery and ancient. He re-boarded his wagon and continued.

A short distance beyond the golden pavilion, he dismounted on the pristine white beach and felt the ground. It looked like pure white sand but felt like rocks covered with gray moss.

Feldon gave an understanding grunt and set out for the swamp.

Here along the northern border of Ronom Lake there had been a village, but the land of the village had settled, or the lake had risen, so that it was nothing more than a collection of buildings rotting in a ruined swamp. Great dark birds hovered through the arch-rooted trees. No, Feldon corrected himself. Bats. They were bats, which no longer feared the light in this land of eternal gloom.

The village had a rough, rotting palisade, little more than a collection of sharpened logs driven into the muck. The guards at the gate were sallow, hollow-eyed men dressed in tattered armor. They threatened Feldon with capture, but he summoned fire in a great wall between him and them. After the guards stepped back from the flames, and after a quick consultation with each other, they chose to escort Feldon to their master.

Their master was an aged spider of a man who received his visitors on a throne carved from a gigantic skull. Feldon thought briefly of the great wurm that the green hermit had summoned, and wondered if the fleshless skull before him was of the same type. The ruler of the swamp was short, pot-bellied, and bald, and slouched in a corner of the throne as Feldon explained his quest. He had lost someone dear, said Feldon, and was told that the master could find a way to return her.

The man gave a watery, choking laugh. “I am the master of black magics, redling,” he said. “I know the powers of life and death. Are you willing to pay my price?”

“And your price is?” asked Feldon.

The master stroked his hairless chin. “I want your walking stick.”

Feldon gripped his silver cane tightly. “I cannot part with it. I pulled it from a glacier many years ago. It is like a part of me.”

“Ah,” said the master, “and your love is such a pale, insubstantial thing that you cannot part with a hunk of metal for it.”

Feldon looked at the twisted spider of a man, and then at his rune-carved cane. He held it out. “Your price is met.”

“Excellent,” hissed the master of the swamp, taking the cane. “Let us begin.”

For three days and three nights Feldon studied at the feet of the master. He memorized the marshes around the village, and felt the thick, viscous pull of the land in his mind. It was very different than the cold, clear mountains that he normally used. It left him feeling soiled and unclean.

At the end of the third day the hollow-eyed guards escorted Feldon to a small, windowless hut at the edge of the village, just within the walls of the palisade. Here Feldon worked the spell that the master of the swamp gave him.

In the light of a single tallow candle, Feldon cleared his mind and meditated. Normally he would think of the mountains, but now he thought of the bogs around him. He felt their watery pull, sucking him down, embracing him with their power. He spoke the words of the spell and called forth Loran.

The candle flickered for a moment, scattering Feldon’s shadow behind him on the wall. Far above him, the wind coursed through the mangrove branches and sounded as if the lake itself had built a great wave to swallow the village. Everything grew quiet.

There was the sound of footsteps outside.

They moved slowly and ploddingly, the thick mud pulling at heavy feet as the sound approached. It was the sound of a figure staggering and sloshing through the muck. For a moment Feldon’s heart leaped. Had he succeeded?

Something heavy and wet thumped against the door, sounding like a bag of wet earth. Slowly Feldon pulled himself to his feet (he no longer had his cane) and shuffled to the door.

The door gave another sloshing thud and then another, as Feldon reached it and grasped the knob. The stench hit him. It was a moldering, heavy smell, of rotted flesh and damp earth. It was the smell of death.

Feldon’s heart sank as he realized what he had done with the master of the swamp’s spell.

There was another thump, and the door shifted, but Feldon was leaning against it now, seeking now to keep whatever was on the far side out. He did not want to see if the spell had succeeded. He did not want to know.

There was another thud and a gurgling cry that sounded like sloshing water. Feldon’s heart shattered as he reached inside himself and willed the spell to end, to send whatever was beyond the door back where it had come from.

The smell of death was gone, and with it the sounds. Feldon stayed pressed against the door, holding it shut with all his might, until morning.

When morning came, he slowly opened the door. There were no footprints in the muck outside the door. Indeed, the entire village had been abandoned. There were no hollow-eyed guards, no master of the swamp.

Nothing called his name in a gurgling voice like sloshing water.

Feldon staggered to his wagon, pausing only to use a piece of black driftwood as a makeshift walking stick. He did not look back.

In time, as he traveled, the ground began to rise, and dry. He had circumnavigated the lake now, and all that was left was to return home.

He dreaded that, for fear of what he would find in the garden.

He was three days from his village when he heard of the scholar in a small town further west. Propelled in part by curiosity, in part by dread, Feldon turned his wagon westward. He found the scholar in the musty remains of a temple library. The building had been shattered long ago by an earthquake, and the snows and rains had rotted most of the books. Yet among the tattered remains of books and scrolls, the scholar hopped like a bird-shaped automaton. He was a spindly thing and regarded Feldon from behind thick lenses of crystal.

Feldon spoke of his tale—of his loss, of his resolve to regain what he had lost. He told of the hermit, the sorceress, and the master of the swamp. And when he finished his story, the scholar blinked at him behind heavy lenses.

“What do you want?” he said at last.

Feldon let out an exasperated sigh. “I want to have Loran back. If magic can do everything, why can it not do this?”

“Of course it can do this,” said the scholar. “The question is—do you want it to?”

Now it was Feldon’s tum to blink, and the scholar gave a thin, amused smile.

“Green calls to the living,” he said. “Black calls to the dead. Blue creates the shadow of life. Red consumes, and that’s very important as well, because you must often destroy before you can build. I study, and the magic I wield is White, which is the magic of comprehension and understanding.”

“Can you bring her back to life?” asked Feldon, his voice catching. The memory of the swamp was still with him.

“No, I can’t,” said the scholar, and, despite himself, Feldon sighed in relief. “But I can help you to create an exact duplicate.”

“l tried that with the automaton,” said Feldon.

“l speak of a creation not of gears and wires but of magic,” replied the scholar, “identical in every way.”

“I don’t understand,” said Feldon.

“When you cast a spell using fire,” explained the scholar, “I believe you do not create fire. Rather you take the magical energy and form it into the shape of fire, which then does your bidding. It is for all intents and purposes fire, but it is made of magic.”

“But what about when I use fire,” asked Feldon, “or when the hermit calls a great wurm?”

The scholar waved his hand, “Different uses for the same tools. Yes, in those cases it is a real fire and a real wurm, but the magic alters it. For the moment, assume that you can create something made of magical energy.”

Feldon thought about it and nodded slowly.

“So if you study an object, you can create the object over time,” said the scholar.

Again, Feldon nodded.

“If you study me,” he said, “you would be studying that which makes me a scholar. Therefore you could call at a later time that part of me which is my scholarliness and rely on its advice.”

Feldon shook his head. “I’m not sure I understand,” he said.

“Study me for two weeks,” said the scholar, “and then see if you understand. Don’t talk to me. Just bring me my meals. Two weeks. That’s my price. That, and later you’ll have to let me and other scholars into your library. Is it a bargain?”

For the next two weeks Feldon brought the scholar his meals, in much the same way as he had brought Loran hers when she was bedridden. Feldon used his magic to keep a small flame going and to cook for the scholar as he pawed through the rotting texts and decaying scrolls of the ruined temple.

For the first two days the scholar seemed little more than an amusing bird, hopping from one location to another. But soon Feldon noticed there was method to the madness, that there was intent behind each of the scholar’s movements. He began to see how the man thought and knew. Through it all the scholar ignored him, save at meal times.

At the end of the two weeks the little man turned to Feldon and said, “Summon me.”

Feldon shook his head. “Pardon?” he asked.

“You have watched me for two weeks,” said the scholar. “Now see if you can use your magics to bring me into being.”

Feldon blinked. “But you’re already here.”

“So bring another me,” said the scholar. “You’ve got the power. Use it.”

Feldon took a deep breath and called upon the powers of the land. He thought of the nervous scholar in his thick spectacles, rummaging relentlessly through the decaying paper and rotting vellum. He tried to call a being that summed up the nature of the creature in one place.

There was a pause, and then an identical duplicate of the scholar appeared.

No, not identical. It was taller, and its flesh had a ruddier hue. But it was thin and nervous and had thick spectacles and a knowing manner.

The scholar (the real one), walked up to the created being and looked over his glasses at it. The duplicate did the same.

Feldon was amazed. “Is it real?” he choked out at last.

The scholar reached out and touched the quasiduplicate, and the duplicate touched back. “Feels like it,” said the scholar. “A lot of the little details are wrong, but you aren’t just summoning me. You’re summoning the essence of my me-ness as a scholar. You can keep this me around by keeping that part of your mind aware of me, but it isn’t. Me, that is.”

Feldon worked his way around the scholar’s thinking process. “But what can I do with this—you.”

“What you would expect a scholar to do,” returned the bespectacled man, “research, investigate, know certain things.” In a slightly more excited voice he added, “but I wouldn’t know anything about fighting or lands I had never visited or anything like that. It would be beyond my nature as a scholar.”

“And I could do the same with… Loran?” asked Feldon.

Both scholars nodded. Feldon found the duplication unnerving and dismissed the part of the spell that held the magical scholar in place. He faded from view like snow in the rain.

“You can summon your lost love back,” said the scholar, “if that’s what you truly want.”

Feldon thought about the scholar’s words on the way back to his home, the wagon shuddering through the deep ruts in the road. It was raining again by the time he returned, and the servants had kindled a fire in the hearth. Before he entered the house, he checked Loran’s grave, beneath the inert, rusting form of the automaton. The earth was undisturbed, and that made him feel slightly better.

He thanked the servants and retreated to his workshop. There, among the tables draped with cloth and the reagents settled into multicolored layers in their beakers, he allowed himself to remember.

He remembered Loran. Not just the feel of her touch or the way her hair moved like a dark waterfall. He remembered her: when she was happy, when she was angry, when she was gardening.

When she was dying.

Feldon thought of Loran and the life she spent with him, of the tales of her youth, of their work and lives together. The joy of life with her and the sadness of her departure felt like a great bubble rising within him. He fed his memories of the land into that bubble, memories of the mountains, the forests and shore, the swamps and the temple, and he filled it with power and life.

When Feldon opened his eyes, Loran was there. She was perfect and whole and as young as when he first met her at the gates of Terisia City.

She gave him a knowing smile and said, “Why am I here?”

“You died,” said Feldon, his voice choking as he spoke.

She nodded and said, “I seem to remember that. Why am I here?”

“You’re here because I missed you,” said Feldon.

“I missed you as well,” replied the spell-Loran, and she reached out to him.

Despite himself, Feldon shrank from her embrace. She paused, then asked, “What’s wrong?”

“You’re not her,” he said at last.

“No, I am not,” she said, her voice in the lilting Argivian accent he remembered. “We both know that, and you know that I could be nothing less than what you remember of her. You remember her as being honest and strong. I am the sum of her, taken through your feelings. I am what you remember.”

“You are memories,” sighed Feldon, “and though you are pleasant memories, I must leave you as memories. If you are here, you are no more than the automaton in the garden—un-living, an imitation of what was. I’m sorry. I went to so much trouble to bring you about, but I know that I cannot keep you.”

“Then why am I here?” she said.

“You are here,” said Feldon, taking a deep breath, “so that I can say good-bye.”

The spell-Loran paused, then smiled slightly. “I understand,” she said at last.

Feldon crossed to her and embraced her. She felt very much like Loran as he had known her. All that was Loran in his memories was encased in the spell-creature he had created.

When they parted, there were tears in both of their eyes.

“Good-bye,” he said, his voice thick with emotion.

“Good-bye,” she replied.

Feldon allowed the spell to elapse, and the form of Loran began to dissolve.

“I understand,” he said to her vanishing form. “At last, I think I understand.”

All that was left was a knowing, soft smile. Then that was gone as well.

Feldon returned to the work in his library and workshop, taking up small matters that had been abandoned ages ago. In a few weeks, the scholar appeared at Feldon’s doorstep and was amused to see that save for the servants, Feldon was alone.

After a meal the birdlike scholar asked, “What became of your lost love?”

“She was lost,” said Feldon with a deep sigh, “and it was beyond my power to bring her back. It was beyond my desire. But I had a chance to say good-bye.”

“That is what you truly wanted?” asked the scholar.

“That is what I truly wanted,” said Feldon.

The scholar spent three weeks in Feldon’s library and then left, but he promised to send interested students to the grizzled man’s home. Every so often, some would-be scholar or mage would appear, and Feldon, remembering his promise, would let the wizard go through the library. Over dinner he would tell his own story of what he had learned about magic.

Sometimes the aspiring mage would listen politely, sometimes intently. Occasionally, after everyone had gone to bed, a mage would creep down and find Feldon sitting by the fire. The flames twisted into the form of a smile, a soft and knowing smile.

And Feldon, the ancient wizard, seemed to be content.

Feldon of the Third Path | Art by Chase Stone

De vuelta a la Ciudad de México

Esto es noticia vieja, pero tenía que compartirla acá.

Desde hace 2 meses, regresé a vivir a la ciudad de México.

Fue una decisión complicada, ya que la verdad, estaba bien colocado en Tapachula. Dejé muy buenos amigos con los cuáles mantengo el contacto y una carrera profesional muy buena.

Honestamente, es una de las decisiones más difíciles que haya tomado en la vida, tanto como cuando me mudé para allá a vivir solo. La razón por la cuál regresé, es porque me preocupo demasiado por mi familia, y son mi prioridad en este momento. Cuando llegue el momento de formar la mía, pues ya mis prioridades cambiarán seguramente, pero en la de mientras, las cosas son así.

Me vine con un empleo nuevo, que si bien es interesante… Pues… dejémoslo así… es interesante y ya.

Creo que la prioridad de mi familia bien vale mi estabilidad laboral y el estar a gusto en una empresa que tiene gente que vale mucho la pena como en Tapachula.

Estar de vuelta en la ciudad me hace darme cuenta de que la situación no ha cambiado mucho. Como dice un dicho francés: “Plus cela change les choses, plus cela reste la meme chose” (perdón por las faltas de ortografía, pero mi teclado no tiene los acentos franceses). En español dice “Entre más cambian las cosas, más siguen igual”, y siento que es cierto.

Han habido varios cambios. La vida sigue siendo todavía más cara, edificios van y vienen, gente que va y viene también; nuevos caminos, construcciones, etc. Pero la ciudad sigue siendo la ciudad que dejé hace 3 años en esencia.

Le comentaba a mi hermana y a una amiga que luego de tanto tiempo de no estar viajando en metro, se siente raro, pero a la vez extrañamente familiar. Todavía me sé mover en el metro, pero todo lo que he leído en las noticias de los últimos años estando allá en Chiapas, me hace sentir un poco temeroso a los asaltos y demás gracias que suelen pasar ahí.

Polanco casi no cambia. Coyoacán ha cambiado algo, Insurgentes también, y varias zonas que he estado visitando también.

Siento que es a la vez un mundo nuevo mezclado con un mundo que ya conocía anteriormente. Todavía me sigo tratando de acostumbrarme, pero todavía no acabo.

Se respira el peligro, pero también la vida de las grandes ciudades como siempre. Espero que pronto la sensación de novedad pase de largo y me acostumbre nuevamente a caminar y a viajar dentro de la ciudad como lo hacía antes.

Sólo el tiempo lo dirá.

Mientras tanto, nuevamente estoy aquí, con sentimientos encontrados.

 

 

 

 

 

 

El “Brexit” de 2016 y otros hechos “históricos”

El día de hoy en la mañana, las noticias de varios medios anunciaron la decisión por referéndum, sobre la salida del Reino Unido de la Unión Europea.

No suelo escribir de esto, pero me parece importante abordar un poco el tema porque es algo de actualidad en este momento y me gustaría recordar un poco de lo que ha pasado en lo que llevo de vida.

¿Qué significa? En pocas palabras, significa que todo el Reino Unido (Inglaterra, Escocia, Gales y demás) saldrían de las normativas económicas y migratorias de la Unión Europea. Esto es de manera general.

¿Pero que significa para la gente común como nosotros? Bueno, tendrá repercusiones en los mercados. El peso se devaluará nuevamente frente al dólar y otras monedas. Aumentarán los precios de varios productos importados y el panorama parece anunciar una nueva recesión económica.

Es un hecho catalogado como “histórico”. Porque la Unión Europea existe desde 1992 como tal. Un bloque de países con facilidades para comprar y vender productos que se mantuvo casi 30 años.

Y ahora, luego de todo ese tiempo, esa unión se ha fracturado.

Me hace pensar en todos esos eventos que han marcado al mundo y a mi realidad desde que nací. Todo esto lo estoy escribiendo de memoria, sin consultar Google, Wikipedia u otras fuentes. Me disculpo de antemano por los errores que pueda contener, pero así los tengo guardados en mi cerebro.

Me tocó ver, al menos desde el punto de vista de un niño y un adolescente que todavía no sabía que era qué en el mundo; la caída del muro de Berlín y la reunificación de las Alemanias. Se habían mantenido separadas desde la Segunda Guerra Mundial. Y el mundo celebró como nunca. Lo veías en la tele y en todos los periódicos. El principio de la globalización.

Veía en las noticias la llamada “implosión” de la Ex-Unión Soviética en 1991. El bloque soviético también se había mantenido unido desde el final de la anterior gran guerra, y fue tema de muchas noticias durante la Guerra Fría. Incluso fue una super potencia que le causaba terror a los Estados Unidos, y eran prácticamente el enemigo jurado de los americanos y del estilo de vida “libre” que era el capitalismo. Todo eso derivó en la “guerra civil” que de alguna manera creo todos los nuevos países que hoy en día existen en Europa del Este. Todos los días eran noticias de bombardeos en Chechenia, Bosnia-Herzegovia, Yugoslavia y demás hasta casi al final de los 90’s.

Del lado de México, me tocó ver el inicio del TLC (Tratado de Libre Comercio) entre México, Estados Unidos y Canadá. Antes de eso, tener algo importado de EU significaba que tu familia era rica, porque las cosas costaban carísimas para traerlas, o que al menos alguien de tu familia las traía y sacaba dinero de eso. Recuerdo todavía a una señora que se apellidaba Parra, que hacía eso. Iba a EU y traía tantas cosas para vender, que de vez en cuando visitaba a mi familia y le comprábamos varias cosas. Aunque en ese entonces no era consciente que todo estaba más caro que el precio de lista al que lo había adquirido.

Me tocó ver el inicio del movimiento Zapatista en Chiapas, México. La imagen del subcomandante Marcos y las banderas del EZLN inundaban las noticias nacionales a principios de 1994. Siempre pensé que México entraría a una guerra civil, pero nunca pasó. Ese mismo año, cambiamos a una moneda más devaluada, quitándole 3 ceros al peso mexicano. $1,000 pesos de antes se volvieron solamente $1 peso. Fue un cambio terrible, y a los 10 años pensaba que mi dinero ya valía menos. No hacía falta ser un genio para darse cuenta que el gobierno de ese entonces quería tapar el sol con un dedo.

Me tocó el inicio del internet comercial como lo conocemos ahora. El internet a través del cable de teléfono y conectándote gratis con discos de instalación de America Online y Terra aquí en México. Aprender a navegar, los primeros sitios para compartir archivos mediante el protocolo P2P (Napster jamás lo usé, pero AudioGalaxy, Ares y LimeWire sí). El inicio de YouTube y Facebook.

La transición de los celulares tipo “ladrillo” a aquellos más pequeños. La evolución de sólo poder hacer llamadas a integrar el servicio de SMS que antes era ocupado por los “bípers”.

El paso del teléfono de disco al de tonos.

De usar videocasetteras Beta a VHS y de ahí al DVD, Blu-Ray y descarga digital.

La llegada del nuevo milenio y el miedo al “efecto año 2000” en las computadoras y demás servicios conectados a la World Wide Web. No se cayeron aviones ni los mercados se estancaron. Y aquellas personas que se escondieron en cuevas por miedo al fin del mundo pues no pudieron recibir al año 2000 como se

El mundo se conmocionó de nuevo el 11 de septiembre de 2001 con los ataques terroristas a las Torres Gemelas. Todavía recuerdo a mi maestra de matemáticas gritando “¡Bombardearon Estados Unidos! ¡Bombardearon Estados Unidos!” y todos veíamos las pantallas de televisión en Pabellón Polanco que había entonces con escenas que parecían sacadas de una película de acción americana. Todavía recuerdo preguntar a mis amigos que parecía en serio algo sacado de una película. Ese evento cambió totalmente la manera en que se vigilaban aeropuertos y otros puertos de entrada para siempre. 15 años después, todos esos chequeos de seguridad siguen y aún así los vemos como si fueran algo normal, cuando la generación de nuestros padres y abuelos que viajaban por avión jamás habían pasado por eso.

Me ha tocado ver muchas cosas en 30 años.

Y algo que está demostrado, digan lo que digan de mi generación; es que somos adaptables. Somos prácticamente el darwinismo con patas. Nos adaptamos a todo cambio que hay, y hemos visto como aquellos que no han aceptado el cambio, se quedan atrás.

Lo que pasó hoy en Europa, me ha dejado pensando si es que estamos yendo en sentido opuesto al progreso.

Han habido cosas buenas y malas en el mundo que nos han obligado a cambiar mucho, pero ésta es una de las peores desde mi punto de vista. Gente ya grande que quiere regresar a como eran las cosas en su época “antes de” todo. En mi opinión, esto es un pensamiento “retrógrado”. Estamos viendo como mucha gente de generaciones pasadas están reviviendo el racismo y otras prácticas que la historia ha marcado como crueles e inhumanas. Y lo peor, es que están influenciando a la generación que sigue a la mía, porque a ellos no les tocó adaptarse, sino ya les está tocando todo adaptado a sus necesidades desde que nacen.

Espero que nos demos cuenta de que como humanidad, estamos fallando; y que los cambios que vengan sean más positivos.

 

 

 

 

 

Bloodborne, o….. Tolerancia a la frustración en el gaming moderno

Lamento llegar tarde a la fiesta de los juegos tipo Souls, pero creo que era tiempo de expresar mi opinión acerca de ellos.
Pues, nunca había jugado Bloodborne hasta ahora, y quisiera resumir mi experiencia hasta el momento en algo muy simple: Me siento como si jugara un juego de NES nuevamente.

No estoy criticando al juego de manera negativa.

Bloodborne

Quiero explicar mi punto.

Recordemos los viejos tiempos del NES, Master System y demás juegos de antaño.

¿Había checkpoints, auto guardado o vidas infinitas? Respuesta: NO.

Si bien, en Bloodborne (y en toda la saga Souls, según he investigado) las vidas infinitas existen por así decirlo; es un título que se remonta a esos tiempos de antaño en los que desde niño practicabas tu tolerancia a la frustración cuando jugabas videojuegos.

Bloodborne es un survival horror en 3ra persona que tiene controles muy sencillos y mecánicas también sencillas de seguir, pero que ofrece un reto que no es para aquellos que quieran acabar un juego en 6 horas o menos. Requiere dedicación, estrategia y mucha, pero mucha paciencia.

No me voy a ir a los aspectos técnicos, porque cientos de sitios en internet y en muchos otros lados ya han cubierto esos temas. Nada más es cuestión que lo busquen en Google. 🙂

Ahora, recordemos esos tiempos en los que tú, niñ@ de 5 a 10 años jugabas algo así como Battletoads, Ninja Gaiden, Contra o algo similar en el NES o tu Master System. Hubo un momento en el que estabas tan clavado que cuando morías, hasta aventabas el control; o hasta vi niñ@s llorar por la frustración.

Pasaste muchas horas tratando de pasar ese nivel o matar a ese jefe que te daba tanta guerra, que te perdías en ese mundo. Y lo mejor, al momento de ganar, tu felicidad era tal que dabas gritos de alegría, saltabas, bailabas e hiciste circo, maroma y teatro porque esa parte la superaste.

Muchos vivimos eso en aquella época dorada.

Ahora, ese sentimiento parece cobrar vida una vez más dentro de Bloodborne.
Obviamente, esto es la versión para adultos de aquello que viviste de niñ@.

El mundo es abierto, y tus posibilidades de explorar son muchas. Personalizar tu personaje, también lo es. Escoger tu manera de jugar, es algo que tú también decides.

Ahora, ¿es correcto matar o es mejor huir? Eso también lo decides tú.

Algo que me gusta de Bloodborne, y que viene implícito en el juego es: APRENDE DE TUS ERRORES.

Vas a morir.
Eso es seguro.
Y por muy bueno que seas en cualquier juego, o que seas el mejor en todo; vas a morir.
No una, ni dos o tres veces…. Docenas de veces vas a ver esa pantalla con las letras rojas de “Has Muerto” (O “You Died”, si juegan en inglés como su servidor).

Más vale que te acostumbres. Si no llegaste a la linterna antes de tu muerte y llevabas miles de Ecos de Sangre para comprar cosas o mejorar tus habilidades, pues que pena. Mejor suerte para la próxima.

Un amigo me dijo algo que es aplicable para el juego, pero no solo para el juego mismo, sino para tu vida diaria: “ESCOGE TUS PELEAS”.

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Solo porque viste que a lo lejos hay un ítem, pero hay 10 enemigos enoooooooormes, y solo te queda un golpe para que te maten; no parece una buena idea. ¿Qué tal si lo dejas para despúes, cuando seas más fuerte?

Este juego es duro. Con cada muerte pierdes todos los Ecos de Sangre (el dinero o puntos de experiencia de este título) que llevabas acumulados. Todos los enemigos que habías matado anteriormente, reaparecen en las mismas áreas que pasaste; y vuelves a la última linterna que hayas activado.

Piensa bien tus acciones, y claro…. arriésgate.
Como todo en la vida, si no te arriesgas, pierdes. Puedes perder la vida 1 vez aquí, pero aprendiste algo para la siguiente ocasión.

Como bien he estado diciendo; este no es un juego para aquellos que carecen de tolerancia a la frustración. Vas a tener partidas buenas, y otras muy malas. Pero debes tomarlas con filosofía. Así como un mal día en el trabajo o en la escuela, todo lo que pasó, pasó. El hubiera no existe. Mejor aprende, y recuerda tu error en la próxima partida.

Hasta el día de hoy, voy con el 3er jefe apenas, y ya me ha matado 3 veces. Voy a tener que hacer grinding para subir de nivel mi fuerza y resistencia al veneno, porque aprendí que esa es su ventaja. Estoy tratando de evitar los walkthroughs en Youtube para poder disfrutar al máximo de esta experiencia que había estado esperando por tanto tiempo en las consolas de la generación actual.

Bueno, así como el Turbo Tunnel de Battletoas, algún día superaré al 3er jefe de Bloodborne, e iré a cazar al 4to, y luego al 5to y al resto de ellos, jejejejejeje.

Espero que disfruten (o sufran, según su enfoque) Bloodborne como lo estoy haciendo y sigan con los juegos de la saga Souls como Dark Souls 2 y 3 (que ya está por salir).

Felices pesadillas.
Juéguenlo en la noche de Día de Muertos si pueden. 😛

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